Opinión: ¿Tiene salida la Argentina? – por José Mayero

A 36 años de la recuperación de la democracia, la Argentina vuelve a sentir amenazada la gobernabilidad. Un nuevo déjá vú. El Presidente fue duramente derrotado en las PASO, pero sigue siendo presidente. Fernández ganó pero sigue siendo candidato. Si repite el éxito, entonces será candidato electo y debería asumir en diciembre. Que la estabilidad política de un país crónicamente inestable tambalee por el resultado de una elección donde no se definía nada demuestra ante todo la pobreza institucional y también la notable ¿impericia? de la clase política que con el afán por defender sus intereses circunstanciales disfraza de mejoras institucionales normas que nada tienen que ver con la fortaleza de la democracia.

El origen de las PASO fue espurio y los resultados están a la vista. Los Kirchner la crearon como una herramienta para impedir las fugas peronistas que los llevaron a la derrota en 2009. El oportunismo quedó registrado a partir de dar a luz a la criatura: en 2011, 2015 y ahora, 2019, el kirchenrismo ungió sus candidatos a dedo, sin primarias. Cuesta entender la candidez con que la oposición cae en esas trampas. Las elecciones virtuales produjeron un candidato verdadero, mientras que las elecciones reales producirán un resultado inútil. Para cualquier analista que mira de afuera la política nativa, la conclusión es unánime: extraño país la Argentina. Sí, porque no es el destino, ni el universo, ni las crisis externas la que la deja expuesta durante meses a políticos sedientos de venganza, especuladores neuróticos, mercados aterrorizados, ahorristas al borde de un ataque de nervios. No. Son nuestros propios mecanismos institucionales, las famosas PASO. Devastado por la paliza electoral el Gobierno tambalea como un boxeador al borde del nocaut. Dado el pasado la pregunta flota: ¿terminará su mandato?, o ¿se repetirá la maldición de los gobiernos no peronistas?.

Es la historia de Argentina, no camina, salta, no avanza con cautela sino oscila con violencia entre extremos. Una nación que se repite cíclicamente, la historia como tragedia. Desde un escalón más abajo, la Argentina regresó al infierno tan temido: economía terminal, gobierno débil, tensión social, alta inflación, dólar a los saltos, pobreza en aumento, incertidumbre y la posibilidad de que no se cumpla el sueño republicano y nuevamente el regreso triunfal de un peronismo que contenga la llave para sacar al país del laberinto. Visionario (y peronista) lo anticipó Agustín Rossi: “Macri es un accidente de la democracia entre dos gobiernos peronistas”. Y el peronismo con sus distintas franquicias perdura como el partido hegemónico del sistema. Esa supremacía se expresa en el dominio territorial, afinidad con las corporaciones, mayorías legislativas, liderazgos fuertes e identificación con la amplia clase media, media baja, que si ya no cree en los valores del justicialismo, intuye que este defiende con mayor eficacia sus ingresos, aunque eso no pueda sostenerse en el tiempo. El “con Cristina estábamos mejor” que resulta inexplicable para la racionalidad republicana es la verbalización de esa experiencia. Y resultó decisiva en la elección.

Con el diario del lunes los análisis son más fáciles. Es cierto que hay una cuota no menor de responsabilidad en la actual gestión. Es un gobierno gris, ni chicha ni limonada, en un país acostumbrado a esperarlo todo del Estado, incluidos hasta los fuegos artificiales. Un Gobierno ajustador para la política domestica, pero que no hizo el ajuste para las miradas de afuera. Culpado de un grave déficit de liberalismo por la derecha vernácula. Dijeron que Macri era kirchnerismo con buenos modales. Afirmar eso es lo mismo que afirmar que da lo mismo el cepo que la libertad cambiaria, que da lo mismo el Indec de Moreno que el de Todesca, que da lo mismo el alineamiento con Maduro e Irán que con la Unión Europea, que da lo mismo la República que el autoritarismo. Y hubo otros atenuantes no menores: la herencia recibida, la minoría parlamentaria, el viento en contra internacional, hasta la oposición del Papa. No es poca cosa. Igual se esperaba desde el comienzo un golpe de ala, el lanzamiento de alguna de las muchas reformas estructurales que el país necesita, el ataque a un pasado anacrónico, la batalla cultural capaz de movilizar las mentes y los corazones. Pero, repasando la historia argentina, ¿tenía el gobierno otra opción que no fuera el gradualismo? Es contrafáctico , por lo tanto imposible de saber, pero a no confundir, el “milagro” del 2015 no implicaba un mandato para una “revolución liberal”. Como muchos países católicos, Argentina es un país de baja intensidad liberal en lo político e ínfima en lo económico, a grosso modo este Gobierno fue el máximo de liberalismo posible. Demonizado, estigmatizado como un gobierno cuya maldad esta intrínseca en su genética (un periodista local dijo “no es que hicieron mal las cosas, vinieron a hacer esto”), con un futuro incierto y un presente que se balancea en una peligrosa oscilación, una mayoría se aferra a las supuestas seguridades de un pasado idealizado por la nostalgia. Para un porcentaje mayoritario pesa más volver al pasado que transitar el camino a una sociedad abierta. En ese sentido el populismo supo consolidar una hegemonía cultural por lo que ciertas “verdades” se imponen con la lógica del sentido común. Seguramente será festejado con bombos y platillos por muchos, por los intelectuales alienados alrededor de la crisis crónica y agonizantes de la izquierda, por los habituales arribistas, oportunistas y ventajeros que por izquierda y por derecha se suben a ese viaje al pasado. Y seguramente no faltará un cura que en sintonía con el Papa como en épocas medievales siga participando de cruzadas contra la modernidad, despotricando contra el liberalismo y predicando la bondades evangélicas de la pobreza. En las plazas y en las calles el pueblo festejará y se dedicará al hábito de las más diversas expresiones emocionales, pero en las sombras medran los del poder real regodeándose de los privilegios amparados por el calor popular. Empresarios prebendarios, sindicalistas mafiosos, punteros extorsivos, líderes barriales, narcotraficantes, una red que como una viscosa tela araña se extiende desde los sectores más modestos hasta las capas medias y altas, porque a no engañarse, la Argentina populista funciona y beneficia a muchos. Es injusta, violenta a veces, casi siempre corrupta, cada vez más empobrecida, pero funciona. ¿Tiene salida la Argentina?

Por el momento, algo tan módico como elemental. ¿El respeto del estado de derecho es una cantinela que no da de comer?. Puede ser. Pero lo que hoy parece nada, podría parecer inmenso mañana, cuando sea tarde para remediarlo. A la larga, dijo Keynes, estaremos todos muertos, pero nuestros hijos, nuestros nietos no. Si los tiempos largos de la historia que Argentina necesita para salir del pozo son difíciles de conciliar con los frenéticos de la política, por algún lugar hay que comenzar y el respeto institucional no parece el peor. La situación ideal (utópica teniendo en cuenta la cultura y la historia nativa) sería que los tres candidatos principales coordinen el traspaso: se encierren para definir la política tributaria futura, la posición ante los deudores, las nuevas leyes que impulsarán en el Congreso. Considerando que suman el 90% de las voluntades podrían garantizar que lo acordado se lleve a la práctica. Como es casi imposible que eso ocurra porque implicaría una generosidad infrecuente en nuestros líderes deberíamos esperar al menos algún tipo de cooperación que rompa la dinámica restrictiva en la que estamos estancados desde décadas. Al actual Gobierno le asiste el derecho a luchar por su reelección y si se produjera el milagro deberán ser más realistas, no confundir el poder que es estructural con los votos que son contingentes, evitar los planes de ajustes severos, hacer más política y menos marketing y después una cuota de suerte, porque además de la desventaja estructural los gobiernos no peronistas siempre enfrentaron otra maldición: cada vez que les tocó gobernar las condiciones internacionales les fueron adversas. Pero si el milagro no sucediera la responsabilidad caerá en lo que han sido más votados. De su lucidez, moderación y capacidad de convocatoria dependerá el futuro. Si regresan como se fueron será nefasto. Lo que viene requiere de los mejores, sin importar su filiación. Porque deberá ser una discusión realista de políticas públicas, no una nueva y suicida confrontación de ideologías. Mientras, sin atenuantes, los argentinos, una vez más, experimentamos estar atrapados en un único país que sufre. ¿Volvemos a tropezar con la misma piedra o somos nosotros, la Argentina, siempre la misma piedra? Por eso, ¿tiene salida la Argentina?

Fuente: Mitre

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